Pocos experimentos mentales han influido tanto en la economía, la biología y la política como el dilema del prisionero. Se trata de una situación en la que dos personas, sin poder comunicarse entre sí, deben decidir si cooperan o se traicionan, y en la que la decisión individualmente más racional no siempre produce el mejor resultado colectivo.

Origen histórico

El juego fue formulado en 1950 por los matemáticos Merrill Flood y Melvin Dresher, investigadores de la RAND Corporation, un centro de estudios estratégicos en California que por esos años analizaba la lógica de la disuasión nuclear y la negociación entre potencias. Flood y Dresher diseñaron el experimento para estudiar cómo se comportan dos partes racionales cuando cada una debe elegir sin conocer la decisión de la otra.

El nombre con el que hoy conocemos el juego —"dilema del prisionero"— no fue idea de sus creadores, sino del matemático Albert W. Tucker, quien poco después lo presentó a un grupo de psicólogos en la Universidad de Stanford usando la ahora célebre historia de dos sospechosos interrogados por separado por la policía.

Cómo funciona el juego

En la versión clásica, dos sospechosos son interrogados en salas separadas. Cada uno puede cooperar con su cómplice (quedarse callado) o traicionarlo (confesar y culparlo). Los resultados dependen de la combinación de decisiones:

Años de condena para el Jugador A, según su decisión y la del Jugador B (menos años es mejor)
B cooperaB traiciona
A coopera1 año / 1 año3 años / 0 años
A traiciona0 años / 3 años2 años / 2 años

Si ambos cooperan (se quedan callados), reciben una condena moderada. Si uno traiciona y el otro coopera, el traidor queda libre y el que cooperó recibe la peor condena. Y si ambos traicionan, ambos reciben una condena mayor que si hubieran cooperado, pero menor que el peor escenario individual.

Lo llamativo es que, analizada individualmente, la opción de traicionar es la que minimiza el riesgo para cada jugador, sin importar lo que haga el otro. Por eso, dos personas perfectamente racionales que solo piensan en su propio interés terminan en el resultado marcado en la tabla —ambos traicionan—, que es peor para los dos que si hubieran cooperado.

El dilema no explica por qué la gente traiciona: explica por qué, incluso queriendo cooperar, la desconfianza mutua puede llevar al peor resultado posible para ambas partes.

De la cárcel al mercado: por qué esto importa en economía

La estructura del dilema del prisionero aparece constantemente en decisiones económicas: dos vendedores en un mismo mercado que deciden si bajar precios, dos países que negocian aranceles, o dos socios de un proyecto que deciden cuánto esfuerzo dedicarle. En todos estos casos, cooperar (mantener precios estables, cumplir un acuerdo, aportar esfuerzo) suele producir mejores resultados conjuntos que la traición mutua, pero el incentivo individual de corto plazo empuja hacia la desconfianza.

Este mecanismo es, en buena medida, la razón conceptual por la que dos competidores en un mercado pueden acabar en una guerra de precios que perjudica a ambos, un tema que desarrollamos con más detalle en nuestro artículo sobre competencia y colusión de precios.

¿Sabías que…?

El dilema del prisionero se sigue usando hoy como herramienta experimental en economía del comportamiento: en laboratorios de todo el mundo, investigadores hacen jugar versiones repetidas del juego a estudiantes voluntarios para estudiar cuándo y por qué las personas reales terminan cooperando más de lo que predice el modelo puramente racional.

Fuentes consultadas

  1. Poundstone, W. (1992). Prisoner's Dilemma. Doubleday.
  2. Flood, M. M. (1958). "Some Experimental Games". Management Science, 5(1).
  3. Osborne, M. J. & Rubinstein, A. (1994). A Course in Game Theory. MIT Press.
  4. Straffin, P. D. (1993). Game Theory and Strategy. Mathematical Association of America.

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